Diversos acontecimientos durante estos últimos meses me han llevado a centrarme en la reflexión sobre la educación, y en concreto sobre el sentido de la educación y sobre los educadores.
En el primer caso, el sentido de la educación, os muestro una frase que leí hace pocos días:
“los hombres nacen ignorantes, no estúpidos; son idiotizados por la educación” de Bertran Russel, que aparece en el libro de Claudio Naranjo “Cambiar la ecuación para cambiar el mundo”
El sentido de la educación puede tener que ver con el título del libro, “cambiar el mundo”, al menos así me gustaría a mi verlo o, al menos, colocarme en la posición de poder verlo, todos podemos intentar colocarnos en esa posición y… ¡a ver qué pasa!. Efectivamente, la experiencia de Bertran Russel puede ser la experiencia de muchos y la opinión de otros muchos, o no, tener opositores, defensores, algunos extremadamente ofendidos…, pero es indudable que invita a una reflexión en la que más de uno tendrá algo que decir. Desde el punto de vista de la gestalt, el hombre nace como un “ser esencial” que se va neurotizando a medida que tiene necesidad de irse adaptando al mundo en el que ha nacido, el camino que se puede plantear desde esta perspectiva, y en la que estoy yo colocándome, es la que describe Claudio Naranjo en este estracto de su libro:
“La psicología transpersonal comienza a interesarse en integrar lo que la observación científica nos dice acerca de las primeras fases de desarrollo, con lo que los antiguos han sabido siempre de las fases más avanzadas del “gran viaje”. Y una cosa es clara: que el proceso de la evolución de la conciencia individual es una especie de metamorfosis psico-espiritual – una transformación – que entraña un proceso de muerte y renacimiento. Atravesamos por diversas pequeñas muertes psicológicas a través de as cuales vamos dejando atrás ciertas motivaciones, y nos vamos desprendiendo de aspectos de la personalidad forjada durante la infancia, de los postizo, que es algo que hemos internalizado de la patología social que nos rodea o algo que tuvimos que adoptar como modo de defensa, y a medida que nos vamos liberando de lo obsoleto y limitante, va emergiendo nuestra potencialidad interior, esa conciencia mayor que llamamos espíritu y es como la flor den el árbol de nuestra vida. En el lenguaje de la Psicología Transpersonal, vamos dejado atrás el ego, y con ello vamos liberando nuestro ser esencial de la prisión de nuestra “neurótica” compulsividad condicionada.” P. 29
Aquí es dónde para cambiar el mundo hace falta que nos transformemos nosotros mismos, como personas, como educadores, o maestros, o profesores, o profesionales de la educación, comprender la tarea que pasa por la transformación de uno mismo a través de la conciencia, de la conciencia que invita a abrir la perspectiva en la que estamos inmersos. El hombre es cada vez más esclavo, más marioneta, y la educación tiene el poder de darle autonomía, criterio, sin embargo no será así hasta que los propios agentes de la educación se pongan a la tarea de un trabajo interior de reconstrucción, de renovación de aquello que han considerado como esencial para vivir y, que a lo mejor, si lo ponemos en duda, podemos encontrar que no nos hacía tan sabios o tan libres, sino que nos hacía seres mediatizados por el pasado personal que nos forjó, el pasado familiar, el pasado educativo, el pasado de experiencias y experiencias, a las que hemos dado un determinado valor o sentido.
Cuando como educador me puedo colocar en este punto de intención de transformación, puedo ser participe de una educación que transforme el mundo.
Y esto es lo que hace referencia al educador como fuente de mi interés. Yo creo en la necesidad de plantear una nueva educación, el mismo tiempo que se va planteando un nuevo educador, no radicalmente distinto o alejado de lo que ha contribuido a llegar hasta su presente, sino buscador de su propia identidad.
Para finalizar me identifico con el que dice que:
“Como persona cuya experiencia especifica radica en lo espiritual y en lo terapéutico, es decir, en lo que atañe al proceso del desarrollo humano, no me ocuparé tanto de nuestra problemática objetiva como de la consideración de sus aspectos más interiores”
Ahí me sitúo yo, mi camino anclado en el proceso de desarrollo humano me ha llevado por un recorrido de búsqueda de mi propia identidad. No me considero sabio en nada y si aprendiz en todo, pero estoy realizando el camino que dijo Confucio “los seres sabios primero hacen las cosas y después hablan de ellas”. Yo, por el momento, hablo poco a poco.